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Ladrilleros

A la vera de la modernidad

Desde hace unos 80 años, en el borde mismo de nuestra capital, vive una familia que se ha dedicado a la antigua tradición de fabricar ladrillos artesanalmente. Esta sencilla pieza rectangular de barro cocido ha facilitado la construcción de viviendas particulares y toda clase de edificios a lo largo y ancho de la ciudad de Asunción desde hace décadas. Ellos hoy continúan empecinadamente esta antigua tradición sin máquinas, a pura fuerza de brazos y manos gastadas, y aportan al crecimiento de una moderna urbanidad que es difícil de imaginar desde esta periferia y su silenciosa olería.

Texto y fotos de Fernando Franceschelli.

A la vera de la flamante Costanera Sur, que une las ciudades de Asunción y Lambaré, donde los modernos autos pasan a gran velocidad como en una postal ideal de progreso, casi escondida, si se mira con atención, hay una curiosa construcción, un espacio de grandes dimensiones con un extremadamente bajo techo de tejas, alineadas en forma serpenteante.

Al detenerse, sorprende el silencio de un lugar que se siente tan rural como el confín más alejado de la República. Este silencio se rompe solamente por el canto de innumerables pájaros y el rumor de una cachaca piru que suena lejana en este amanecer.

En el lugar trabajan hombres que, desde hace décadas, elaboran estos pequeños objetos rectangulares que, aunque irrelevantes para la mayoría, representaron un salto trascendental en el hábitat humano en la antigüedad. Se trata de la fábrica de ladrillos Don Faustino, que desde hace cuatro generaciones continúa extrayendo el barro, amasándolo, dándole forma y cociéndolo para su uso en la construcción, de la misma manera que en 1945, cuando emprendió.

Fotografía: Fernando Franceschelli.

Los orígenes del ladrillo

Ese simple bloque de unos 24 cm × 11 cm × 5 cm es uno de los recursos constructivos más antiguos de la historia humana. El uso del adobe (es decir, del barro preformado y secado naturalmente) data de entre el 10.000 y el 8000 a.C. En diversos lugares del mundo, los arqueólogos han calculado que los ladrillos cocidos tal como los conocemos tienen una antigüedad de unos 11.000 años, por lo menos.

El desarrollo de estos objetos rectangulares surgió ante la carencia de piedra o madera para la construcción en diversos sitios de la antigüedad. Con el tiempo, el barro amasado, moldeado y cocido demostró ser un material altamente resistente y dúctil para la construcción.

Entre sus ventajas, se destaca su manipulación sencilla, ya que se puede sujetar con una sola mano; su capacidad de ser apilado o almacenado eficientemente; y su contribución a muros resistentes, pues se crea una “costura” entre las piezas al colocarlas en cierto orden, como si de un minucioso tejido se tratara. Además, los ladrillos son excelentes aislantes térmicos, lo que ayuda a mantener temperaturas relativamente agradables dentro de las construcciones. En resumen, representaron un avance arquitectónico y tecnológico crucial para la humanidad alrededor de todo el mundo.

Rufino Chávez Valdez y su hijo Néstor posan orgullosos frente al horno ladrillero. Fotografía: Fernando Franceschelli.

Don Rufino y su legado

Rufino Chávez Valdez, a sus 86 años y a pesar de gozar de muy buena salud, camina lento, apoyado en un bastón y algo encorvado. Tal vez por el cansancio de haber sostenido el peso de las toneladas de arcilla y tierra, que moldeó con sus manos desde joven. Bajo el techo ondulado de tejas y rodeado de miles de pequeños rectángulos de barro húmedo ordenados perfectamente en el suelo, recuerda con una sonrisa sus años de trabajo.

Este karai de evidente pasada robustez, que ya no trabaja en la olería familiar, dedicó décadas a continuar el legado de su padre, don Faustino Chávez, quien inició el negocio en la década del 40. Gracias a la producción de ladrillos, tejas y tejuelas, Rufino logró mantener a su familia, formada por 12 hijas e hijos, a quienes alimentó y educó con el fruto de su esfuerzo en el barro. Hoy, la fábrica de ladrillos Don Faustino sigue en pie, honrando una tradición que combina la sabiduría de generaciones pasadas con la fuerza de quienes la perpetúan en el presente.

Néstor Chávez tiene 50 años y es hijo de don Rufino. Con meticulosa precisión describe los pasos a seguir en el proceso de fabricación de los ladrillos vistos y comunes, los dos tipos que actualmente fabrican aquí.

El primer paso es preparar la “barreada”, es decir, hacer la mezcla de las diferentes tierras apropiadas para obtener la plasticidad y firmeza necesarias en la producción. Los materiales se extraen de una cantera cercana, también ubicada en la zona baja de la ciudad y a la vera de la Costanera.

En el día, se hacen innumerables carretilladas para alimentar la producción. Fotografía: Fernando Franceschelli.

Esta preparación se coloca en una mezcladora movida por la fuerza de Chocolate, el burro. Allí la mezcla se humecta con la cantidad de agua precisa y se obtiene la carretillada, es decir, las porciones de barro necesarias para trasladarlas al interior de la construcción, donde las recibe el ladrillero.

Así comienza un proceso que se desarrolla dentro de una gran cubierta con techo de tejas a dos aguas sorprendentemente bajo, en cuyos laterales se hace difícil ingresar ya que no supera el metro de altura. Esta construcción es así para evitar que el aire circule con velocidad, lo que rompería los ladrillos frescos al secarlos bruscamente.

Sobre un banco de trabajo, el ladrillero hace los cortes en la adobera, un molde de madera rectangular sin tapa ni fondo donde se coloca el barro y, gracias al paso de la palma de la mano por encima, se obtiene una pieza ya formada. Cada una se deposita de forma horizontal inmediatamente en el piso previamente aplanado y cubierto con una capa fina de arena o aserrín, para que los adobes blandos no se peguen al suelo, y así se los deja secar por poco tiempo. Pueden producir unos 1500 por día.

A medida que cada adobe va perdiendo humedad, se los hace rotar gracias a una “levantada”, que significa ponerlos de lado para que el aire ayude en este proceso. Saltarse esta fase haría que el procedimiento sea muy lento, y apurarlo representaría el riesgo de que los adobes se rompan, aclara Néstor con mirada seria.

Chocolate, el burro, da vueltas una y otra vez para amasar la tierra con la que se fabrican los ladrillos. Fotografía: Fernando Franceschelli.

El sistema de secado incluye la preparación de la cadenilla (el apilamiento, en pares), después la cadena (un apilamiento más compacto) y finalmente la cerrada (apilamiento final necesario para ganar espacio) en el que los adobes ya están secos.

Por último, llega el momento de trasladar esos adobes secos al horno alimentado con leña, en donde se acomodan de manera minuciosa, para que el calor no sea excesivo entre ellos durante la cocción, pues de lo contrario se romperían; o leve, en cuyo caso los ladrillos no se cocerían adecuadamente. La caldera se cierra con paredes temporales de los mismos ladrillos y se sella con un revoque liviano de barro, lo que optimizará la circulación de la temperatura y evitará su disipación y desaprovechamiento.

Una vez apagado el horno, el enfriado también deberá ser pausado, por lo que no se abre de inmediato: eso rompería los ladrillos ya cocidos. Desde este punto, solo queda que lleguen los compradores a buscar esta preciada producción, entre los que se encuentran clientes particulares que necesitan construir o remodelar sus viviendas, o revendedores de materiales de construcción, según afirman los Chávez.

La cadenilla es un sistema que acelera el secado de los adobes. Fotografía: Fernando Franceschelli.

El futuro

Néstor, que no subsiste exclusivamente de esta actividad, tiene cuatro hijas e hijos. El mayor de ellos —Cristian Chávez, de 23 años, bisnieto de Faustino— ya ha trabajado en la olería familiar. Esos jóvenes conocen muy bien el oficio del barro; sin embargo, estudian y tratan de forjarse un futuro mejor, tal vez no tan sacrificado como el de sus ancestros.

Es paradójico pensar que bajo un techo tan bajo como el de esta olería se haya construido un porvenir tan elevado para varias generaciones de la familia. Personas cuyo oficio, aunque esencial para la ciudad, siguen trabajando a la sombra de ella. Que luchan a muerte para evitar la exclusión en una periferia marcada por la tenacidad. Casi escondida para muchos, tal vez por la altura de la moderna Costanera que la rodea o por la indiferencia generalizada, como si de ladrillos se tratara, escondidos en los cimientos de nuestras vidas, acompañadas, igual que la olería Don Faustino, por el canto de pajaritos y el rumor de una cachaca piru que suena lejana en la mañana.

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